Cada sevillano lleva una Sevilla dentro, una ciudad que conforma un laberinto de incomparables atardeceres, de sabores dulces y de amargos sinsabores, de momentos que se quedan a vivir en el desván del recuerdo, de instantes que golpean el alma para dejarla más rota de lo que estaba. Cada sevillano lleva consigo esa ciudad interior allá donde vaya como si fuera el pesado fardo de la memoria. Julien Escudé, el defensa central del Sevilla FC que ha vivido seis años y medio entre nosotros, ya puede decir que es uno de esos sevillanos que llevan a la ciudad en su interior.
En la rueda de prensa de su despedida como futbolista del mismo equipo donde Campanal, Gallego o Antonio Álvarez jugaron en esa misma parcela de Nervión, Escudé sacó una frase que nos ha hecho meditar tras escuchar los quince minutos de su monólogo interior, de su reflexión sobre el club que le dio de comer y sobre la ciudad que le dio de vivir: “Os voy a hablar de mi Sevilla”. No de la Sevilla que algunos quieren imponer a golpe de tópico trasnochado o postmoderno. Escudé, que se ha enterado de qué va esto como en su día se enteró su paisano Joseph Peyré, se abrió de capa como buen aficionado a los toros que es y se dispuso a hablar de su Sevilla.
La Sevilla de Escudé huele a azahar y se prolonga en el alfoz de los olivos y de las ganaderías, se viste de flamenca para lucir la belleza femenina en la Feria y suena a coches de caballos en el Paseo Colón. La Sevilla de Escudé es rubia como el albero de la plaza de los toros al que se asoma la Giralda, como la Cruzcampo con que acompaña a los manjares de nuestra nouvelle cuisine: el pescao frito y la pringá. La Sevilla de Escude es el silencio del Silencio y es la entrada de la Macarena, a la que volvió a llamar con su nombre en una aposición digna de alguien nacido en el Pumarejo: la Esperanza.
Muchos son los llamados pero pocos los elegidos. Muchos son los que pasan por aquí sin enterarse de qué va esto y pocos, muy pocos, los que llegan a la médula sentimental de la ciudad que hizo llorar en su despedida a este elegante defensa francés. Ya lo hemos dicho antes. A Jospeh Peyré le sucedió lo mismo y por eso escribió La Passion selon Seville, aquella Pasión según Sevilla que nos rescató, traducida y todo, el inolvidable Ortiz de Lanzagorta. En este libro de Peyré hay una frase definitiva que define la Semana Santa: “Lo sé por haberlo sufrido yo mismo”. Sevilla no se conoce en los libros ni en las elucubraciones. Sevilla está concebida para sentirla y para sufrirla, esas dos caras de una moneda que ese acuña con el infinitivo del verbo amar.
Cuando rotulaba su camiseta con las tres letras que suenan como su nombre, Escudé hacía algo más que un juego de palabras. ¿O no les suena SQD al pájaro que precede a la Esperanza con su SPQR?”
Columna de Francisco Robles en el Diario ABC de Sevilla -página 23-, en su edición del miércoles 1 de agosto de 2012



















